La detección temprana se vuelve, por tanto, una herramienta fundamental para familias y establecimientos educacionales. El aislamiento progresivo, los cambios bruscos de ánimo o las dificultades para dormir suelen ser algunas de las primeras señales de alerta.
Según Orias, “Hay que estar atentos al retraimiento, la irritabilidad, los problemas de sueño y la vergüenza. Muchos niños guardan silencio por miedo a ser castigados o culpados”.
Esta sintomatología se relaciona directamente con la forma en que operan los agresores, quienes construyen vínculos de confianza antes de iniciar procesos de manipulación emocional, chantaje o extorsión. Sin embargo, existe una persistente distorsión sobre quiénes son realmente estos delincuentes. Soledad Garcés, presidenta de la Fundación para la Convivencia Digital, organización que desde 2019 se dedica a colaborar en la formación de la ciudadanía digital y el autocuidado en internet de niños y jóvenes, sus familias y profesores, advierte que la sociedad suele imaginar perfiles fácilmente identificables, cuando en realidad los agresores suelen pasar completamente inadvertidos: