Capítulo 1:

EL ANZUELO DE LOS BLOQUES VIRTUALES

Fotografía de elaboración propia

Captura de pantalla de elaboración propia la interfaz de Roblox

En una habitación iluminada por el reflejo parpadeante de una pantalla, un niño de tan solo seis años, a quien llamaremos Benjamín, pasaba las tardes sumergido en un universo de bloques de colores. Para su familia, el entorno parecía inofensivo: una extensión interactiva de los clásicos bloques plásticos de construcción, similar a Lego o Minecraft, un espacio digital donde el niño jugaba de manera habitual al igual que todos sus compañeros de colegio. Sin embargo, detrás de la aparente ingenuidad de los avatares pixelados, se estaba tejiendo una red de manipulación silenciosa.

 

El engaño comenzó bajo una fachada de camuflaje horizontal. Un usuario desconocido se presentó dentro de la plataforma como un par, asegurando tener una edad similar y compartir sus mismos intereses. La estrategia para consolidar el lazo no tardó en utilizar el canal económico interno de la aplicación. Mediante el regalo sistemático de objetos virtuales y pases especiales comprados dentro del juego (Robux), el desconocido logró capturar la absoluta confianza del menor. Deslumbrado por los obsequios, Benjamín guardó silencio, transformando la divisa del juego en un pacto involuntario de lealtad.

 

La alerta se encendió de forma imprevista en el plano familiar. Michelle, prima directa del menor, recuerda con nitidez el momento exacto en que la cotidianidad del juego reveló su verdadera naturaleza.

Recreación de los chats

El grooming es definido por la organización internacional Save the Children como una forma de acoso que implica a un adulto que se pone en contacto con un niño, niña o adolescente con el fin de ganarse poco a poco su confianza para luego involucrarle en una actividad sexual.

“Mi primito me contó que estaba en Roblox jugando y que tenía un amigo, y empezó a contar la historia de las cosas que hacía el amigo, que trabajaba en algo”, relata Michelle. Las descripciones laborales de aquel supuesto compañero de juegos encendieron las alarmas inmediatas de los adultos de la casa. “Ahí nos llamó la atención con mi primo más grande y le preguntamos quién era el amigo, ahí se metió al computador y nos mostró quién era, y empezó a jugar con él. Y salió la casualidad de que justo estaba en línea”.

Al intervenir la interacción directa en tiempo real, los familiares se enfrentaron a la cruda realidad del grooming. “Empezamos a hablar con él y ahí notamos que era un caballero, o una persona más grande”, detalla Michelle. 

La gravedad del diálogo escaló rápidamente cuando revisaron el historial de las interacciones previas. El agresor había comenzado con temas cotidianos y de infancia para, de forma progresiva, avanzar hacia la extracción de información crítica del entorno offline del niño. “Primero le hablaba como niño, le hablaba de cosas que le gustaban a él (…) le había regalado algo en Roblox… y ahí fue que se hicieron amigos”.

Con el vínculo de confianza firmemente establecido a través del soborno digital, el operador de la cuenta procedió a la fase de localización geográfica. “Ahí después le pedía como los datos de donde vivía acá en Chile, y le decía que él era de España. Pero nos llamaba la atención igual porque con las cosas que hablaba era como muy chileno. Entonces nos tincaba que claro, era un viejo, o sea, era alguien mayor, pero que se hacía pasar como de otro país, cuando en realidad era de Chile”, explica Michelle. El agresor intentaba obtener la dirección particular exacta de la vivienda en la ciudad de Chillán, momento en el cual la familia cortó de raíz el contacto y procedió a la denuncia y bloqueo inmediato del perfil.

El desenlace de la intrusión dejó una profunda huella emocional en la estructura del menor. El quiebre de su espacio de entretenimiento y la súbita revelación del peligro provocaron un colapso inmediato. “Lo castigaron, le quitaron Roblox por un mes. Se puso a llorar, pero yo creo que igual es una reacción normal porque claro, era su juego favorito, se lo quitaron por lo que hizo. Igual se asustó, donde le comentamos como todo lo que podía pasar, se asustó”, relata su prima. Las explicaciones familiares debieron dosificarse para evitar un trauma mayor en un niño de seis años, pero la crudeza del riesgo era innegable: “Le comentaron que podía llegar alguien a la casa y hacerle algo a su hermano chico, que podía ser un ladrón, como cosas así. Obviamente nada tan explícito”.

La experiencia de Benjamín confirma aquellos riesgos que pasamos a diario por alto en un hogar hiperconectado. Se estima que en Chile existe una densa base de cerca de 430.000 menores de edad que habitan activamente la red social infantil de Roblox, quienes representan el 57% del total de 750.000 usuarios del videojuego en nuestro país.

El fenómeno del grooming ha dejado de ser una amenaza teórica para transformarse en un vector delictivo cotidiano que burla las fronteras de las habitaciones infantiles.

Fotografía de elaboración propia